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“El poder de la red” es una cinta extremadamente inteligente, provocadora y brutalmente actual. Un thriller que nos obliga a preguntarnos cuánto poder hemos entregado al internet.

Con “El poder de la red”, el director Aaron Sorkin vuelve al ámbito de las redes sociales para analizar los efectos humanos, políticos y éticos de una de las mayores transformaciones tecnológicas de…

Por Andrés Naime22 de octubre de 20263 min de lectura
“El poder de la red” es una cinta extremadamente inteligente, provocadora y brutalmente actual. Un thriller que nos obliga a preguntarnos cuánto poder hemos entregado al internet.

Con “El poder de la red”, el director Aaron Sorkin vuelve al ámbito de las redes sociales para analizar los efectos humanos, políticos y éticos de una de las mayores transformaciones tecnológicas de nuestra época. Aunque podría parecer una secuela directa de la celebrada “La red social*”* de 2010, escrita por el mismo Sorkin, funciona más como un complemento, pues la trama se enfoca en el impacto de Facebook en la vida de sus usuarios. El resultado es un thriller periodístico provocador basado en hechos reales intensamente actual que nos invita a cuestionar cuánto poder hemos cedido a internet a personas con intereses económicos y responsabilidades que ninguna innovación justifica por sí sola.

La trama se centra en Frances Haugen (Mikey Madison), una ingeniera de Facebook  que trabaja en el equipo de “Integridad Cívica” que empieza a cuestionar el funcionamiento de la plataforma desde sus propios mecanismos de confianza y seguridad. Su inquietud crece al notar que los sistemas de recomendación de su empresa pueden fomentar la polarización, amplificar contenidos extremistas y alimentar un entorno digital cada vez más hostil. 

Uno de los momentos clave en su despertar moral lo vemos en el prólogo de la cinta que involucra a Kayleigh (Portia Doubleday), una antigua amiga de la universidad, que al ser cuestionada por la policía al encontrarse en estado de ebriedad junto a su vehículo en una carretera, terminan en conductas y expresiones radicalizadas muestran cómo ciertas comunidades virtuales pueden normalizar el odio y fomentar a unirse. 

Para intentar expresar su preocupación tras ser ignorada y señalada en su empresa, Haugen se comunica con Jeff Horwitz (Jeremy Allen White), reportero de “The Wall Street Journal”, división San Francisco, dedicado a revelar las contradicciones entre el discurso corporativo y los hechos de Facebook. Lo que empieza como una relación profesional cautelosa se convierte en una colaboración compleja, donde la protección de las fuentes, la verificación documental y la difusión de información de interés público cobran matices personales. 

Mientras Horwitz intenta convertir los testimonios y documentos internos en una investigación periodística sólida, Haugen debe enfrentarse a las implicaciones de desafiar a una organización con recursos y poder extraordinarios. En paralelo, Mark Zuckerberg (Jeremy Strong) siendo la representación física de Facebook se prepara para un juicio sobre el crecimiento económico de la empresa y su influencia política y responsabilidad social. 

Como director y guionista, Sorkin privilegia las palabras, el ritmo y la confrontación de ideas. Su ritmo apuesta por la claridad narrativa y por secuencias en las que una conversación puede adquirir la intensidad de un enfrentamiento judicial. Y la edición entre acontecimientos de distintas etapas temporales refuerza la sensación de que las revelaciones no aparecen de forma aislada, sino que forman parte de un problema acumulativo. Su dirección le da menos protagonismo al espectáculo visual que otros thrillers corporativos, y encuentra en la investigación, la negociación y el intercambio verbal una fuente constante de suspenso. 

Aunque todas las actuaciones son excelentes, Mikey Madison destaca con la mejor interpretación de su carrera hasta ahora. Transmite la inteligencia técnica, la determinación y la vulnerabilidad de su personaje sin convertir a la “soplona” en una heroína infalible: su conflicto no reside en denunciar la verdad incómoda, sino en aceptar las consecuencias de hacerla pública. Jeremy Allen White y Jeremy Strong son igual de eficaces, aunque es la química entre Allen White y Madison la que sostiene la mayor parte del peso dramático y la tensión narrativa. Wunmi Mosaku, como Raya Akinola, Betty Gilpin, como Christina, Billy Magnussen, como Teddy Marks, y Bill Burr, como Charlie Garrigan, completan un reparto que amplía las distintas perspectivas del conflicto.

En definitiva, la narrativa de “El poder de la red” destaca al no presentar la tecnología como una fuerza abstracta e inevitable, sino como el resultado de decisiones que pueden y deben analizarse. De forma más profunda, constituye una reflexión sobre el periodismo, la rendición de cuentas y los límites éticos del poder digital. Resulta extremadamente inteligente, oportuna y respaldada por un sólido trabajo interpretativo que nos obliga a cuestionar cuánto poder hemos entregado al internet.

“El poder de la red” es una cinta extremadamente inteligente, provocadora y brutalmente actual. Un thriller que nos obliga a preguntarnos cuánto poder hemos entregado al internet.