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El capítulo final de “Downton Abbey: El Gran Final” brinda a los fans de la serie lo que esperaban: elegancia, emoción y una despedida agridulce de los personajes que nos han acompañado por desde el 2010. 

El estreno en cines de “Downton Abbey: El Gran final” se considera el cierre definitivo de una de las franquicias más queridas de la televisión británica, aunque sus creadores no descartan un posible reboot en el futuro.

La película inicia con un plano secuencia de Londres en 1930, donde el querido elenco disfruta de la última obra de Noël Coward. Todo parece ir bien hasta que se revela que Lady Mary (Michelle Dockery) y su esposo, el corredor de autos Henry (Matthew Goode), están divorciados. Esto provoca repercusiones inmediatas con la prensa, conocidos y hasta Lord Robert (Hugh Bonneville), quien teme que el rechazo a su hija pueda retrasar el legado de la administración de Downton a ella. 

Un problema significativo surge desde Estados Unidos con la llegada de Harold (Paul Giamatti), hermano de Lady Cora (Elizabeth McGovern), y su enigmático asesor financiero Gus Sambrook (Alessandro Nivola). Los desafíos económicos de Harold y la amenaza que representan para Downton parecen genuinos, cuestionando todo lo que parecía seguro al final de la película anterior. Los problemas financieros son cruciales, reflejando los desafíos sociales y económicos de la época.

En el servicio, el cambio de cocinera de la Sra. Patmore (Lesley Nichols) a su aprendiz Daisy (Sophie McShera), y el Sr. Carson (Jim Carter) intentando ceder el cargo de mayordomo a Andy (Michael Fox), generan muchas risas. La lealtad del personal hacia Mary y su familia en tiempos difíciles es bien merecida, y es gratificante ver a Edith (Laura Carmichael), antes tímida, mostrar una determinación inquebrantable.

Sin embargo, Lady Isobel (Penélope Wilton) podría ser la clave para una tercera película de Downton, al introducir frescura y caos necesario en la organización de la feria anual del condado. Al crear problemas al presidente de mente cerrada, Sir Hector Moreland (Simon Russell Beale), Isobel rinde un hermoso homenaje a su predecesora, la fallecida gran Violet Grantham, cuya presencia y la de su icónica intérprete, Maggie Smith, se extrañan profundamente.

Más que un simple cierre, esta cinta funciona como un emotivo agradecimiento a quienes acompañaron durante años a la familia Crawley y su personal. Una despedida majestuosa y emotiva para una de las sagas televisivas más queridas de los últimos años. Bajo la dirección elegante y cuidada de Simon Curtis, la película logra capturar la esencia que convirtió a la familia Crawley y a su séquito en un fenómeno cultural: el equilibrio entre tradición y cambio, lujo y humanidad. Desde la primera escena, el espectador se sumerge en ese universo británico de etiqueta impecable, banquetes relucientes y emociones contenidas que definen el espíritu de Downton Abbey.

Uno de los mayores encantos de la cinta reside en sus deslumbrantes locaciones, que una vez más transportan al espectador a la Inglaterra de entreguerras con una autenticidad impecable. El castillo de Highclere, corazón de la historia, luce más majestuoso que nunca gracias a la cuidadosa dirección de arte por parte de Naomi Bailey y Phillippa Mumford y a la fotografía de Ben Smithard que sabe capturar cada rincón como si fuera un personaje más. La paleta de colores suaves, los encuadres simétricos y la textura casi pictórica de la imagen logran que cada escena parezca una postal del tiempo. Las actuaciones, por su parte, elevan aún más la experiencia: Michelle Dockery aporta una madurez conmovedora a Lady Mary, mientras que Hugh Bonneville y Elizabeth McGovern ofrecen interpretaciones llenas de sensibilidad y contención.

Más que un epílogo, “El gran final” es una carta de amor a los fans que han acompañado a la familia Crawley desde sus inicios. Hay nostalgia, sí, pero también un profundo sentido de cierre y gratitud. Con su mezcla de elegancia, melancolía y calidez, esta película no solo cierra un ciclo, sino que reafirma el legado de Downton Abbey como un clásico moderno del drama británico.

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