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“El testimonio de Ann Lee” es una película visual y musicalmente única que puede considerarse inolvidable gracias a la interpretación poderosa de Amanda Seyfried como una líder religiosa del siglo XVIII, también conocido como el “Siglo de las luces”.

“El testimonio de Ann Lee” es una propuesta cinematográfica audaz y valiente del dúo Mona Fastvold y Brady Corbet. Demuestrando que el cine de autor sigue siendo una apuesta fuerte, incluso en estos tiempos. La película narra la historia poco conocida de una líder religiosa femenina quien fundó la “Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Venida de Cristo” utilizando un estilo repleto de musical folk para transmitir su devoción religiosa.

Al ver el prólogo, nos damos cuenta de que esta película no es una biografía cualquiera. Nuestra narradora, la Hermana Mary (Thomasin McKenzie), en forma de canto/alavanza habla sobre el nacimiento de Ann Lee (Amanda Seyfried) en 1736, un año bisiesto, lo que sugiere un comienzo prometedor para una figura singular que la historia ha olvidado. Desde joven, Ann Lee sentía una profunda aversión tanto por el sexo como por las convenciones del anglicanismo del siglo XVIII en Mánchester, Inglaterra.

Cuando Ann y su devoto hermano William Lee (Lewis Pullman) se unen a la sociedad de “Los Shakers”, una variante religiosa conocida por sus rituales de canto y danza, encuentran la conexión divina que tanto anhelaban. A través de solemnes cantos y danzas, los seguidores de Ann Lee comienzan a narrar la historia de una mujer extraordinaria y su inquebrantable determinación de salvar al mundo del pecado.

De ahí en adelante la trama recorre la vida de Ann con singular agilidad. Su matrimonio con Abraham (Christopher Abbott), un herrero emocionalmente abusivo y machista, da como resultado cuatro hijos, todos los cuales mueren antes de cumplir un año. Este nivel de dolor trágico, unida a su ferviente fe, desata en Ann la creencia de ser la segunda venida de Cristo. Esto despierta en ella la misión de llevar su peculiar forma de culto a las nuevas colonias en América, por ser tierra fértil para que su religión crezca mucho más. Llegando al capítulo de América, Ann ya es realmente vista como casi una figura mítica y peligrosa para algunos. Sin spoilear ya nada más, esta es, como nos dice la narración de la Hermana Mary, la “leyenda” de Ann Lee.

La directora Mona Fastvold toma decisiones muy acertadas al contar la historia. La narración no juzga ni apoya las creencias de Ann, desde su celibato absoluto hasta su afirmación de ser la segunda venida de Cristo. Tampoco se burla de ellas, sino que se apega fielmente a la verdad de las enseñanzas de Ann.  Es como si nos dijera: aquí tienen los hechos, saquen sus propias conclusiones. 

La película utiliza la música de Daniel Blumberg y la coreografía de Celia Rowlson-Hall, adaptadas de himnos, canciones y movimientos auténticos de los “Shaker”, para sumergir al espectador en la devoción inquebrantable del grupo a su causa. Cada suspiro, grito y alzamiento de brazos al cielo transmite la euforia que experimentaban durante la oración. Una rutina meticulosamente editada en la cubierta del barco es particularmente impactante. La música fluye sin esfuerzo en cada escena, permitiendo a Seyfried mostrar su talento excepcional y ofrecer una actuación poderosa e inolvidable. 

En esencia, “El testimonio de Ann Lee” ofrece múltiples niveles de interpretación. Se puede ver como un relato de inmigración del Viejo Continente a América, que abarca la búsqueda de un lugar y destaca aspectos incómodos como la asimilación territorial y cultural. Al mismo tiempo que también se puede interpretar como una representación de la ferviente convicción con la que la sociedad busca consuelo en la religión para sanar el trauma colectivo.  Todo esto se combina para crear una biopic compleja e interesante que nos enriquece al conocer una vida poco difundida. 

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