La película “Backrooms: Sin salida” te atrapa con su narrativa cinematográfica moderna, envolviéndote en una atmósfera angustiante y llena de terror palpable en cada paso que das por el laberinto de espacios vacíos. Una pesadilla arquitectónica de extraordinaria belleza visual. 

En una época en la que el cine de terror parece debatirse constantemente entre la nostalgia y la bizarras mitologías, “Backrooms: Sin salida”, dirigida por Kane Parsons, emerge como una de las propuestas más fascinantes y visualmente atrevidas del año. Basada en el fenómeno viral de internet que durante años alimentó pesadillas digitales y teorías infinitas, la película consigue algo extraordinariamente difícil: transformar un concepto abstracto, casi imposible de narrar, en una experiencia cinematográfica absorbente, inquietante y sorprendentemente humana.  

La cinta arranca con un prólogo que al parecer fue filmado con un equipo analógico colocado en el casco de algún tipo de traje. El sujeto parece en una misión recorriendo un laberinto amarillo que no parece tener lógica. Antes de poder salir es atacado por algo o alguien y se corta la transmisión observada por unos científicos poco sorprendidos. 

De ahi la trama sigue de lleno a Clark (Chiwetel Ejiofor), propietario de una tienda de muebles que atraviesa una profunda crisis personal atendido por su psiquiatra la Dra Mary Klyne (Renate Reinsve). Hacen ejercicios pero nada parece ayudarlo con la ira que siente por la separación de su esposa debido a su problema con el alcohol. Como está forzado a dormir en su tienda, una noche descubre un extraño portal oculto, aparentemente a otra dimensión, en el sótano. Se atreve a atravesarlo y termina atrapado dentro de un lugar extraño: es un laberinto que es una interminable red de habitaciones amarillas, pasillos vacíos y espacios que desafían toda lógica física. Clarke queda obsesionado y se lo cuenta a su Dra. Ella cree que volvió a beber o tuvo un brote psicótico. 

Pasa el tiempo y Clarke no da señales de vida ni regresa a terapia. Preocupada por la desaparición de su paciente, la Dra. Mary va a la tienda y se adentra en ese laberinto sobrenatural para encontrarlo. A medida que ambos avanzan por esta dimensión, sin spoilear nada, descubren que los “Backrooms” no son únicamente un espacio físico sino una manifestación terrorífica algo que no se ha logrado comprender. 

Lo más impresionante de la película es, sin duda, su fotografía excepcional. El director de fotografía Jeremy Cox transforma cada encuadre en una obra de arte inquietante. La película adopta una paleta de colores dominada por amarillos enfermizos, verdes apagados y sombras interminables, creando una sensación persistente de irrealidad. En momentos haciendo homenaje a los lugares que se han hecho virales en internet e inventando unos nuevos verdaderamente perturbadores. Muy de aplaudir es cómo la dirección de Parsons transforma espacios aparentemente ordinarios en escenarios de pesadilla.

Uno de los mayores aciertos de Parsons es resistir la tentación de explicar demasiado. En lugar de convertir “Backrooms” en una mitología rígida y sobrecargada de reglas, el director apuesta por el misterio. La película entiende que el miedo más profundo surge de aquello que no comprendemos del todo. Como resultado, el universo visual es tan convincente que el espectador siente que también ha quedado atrapado en esas habitaciones interminables. La lógica narrativa tradicional se sustituye por una estructura cercana a los sueños y las pesadillas. 

Ejiofor entrega una de las mejores actuaciones de su carrera reciente, transmitiendo desesperación, culpa y vulnerabilidad en Clark sin caer en el exceso dramático. Reinsve, por otro lado, aporta humanidad y profundidad emocional a la Dra. Kline, anclando una historia que amenaza con perderse en lo abstracto. La química entre ambos actores es el corazón emocional de la película.  

Para concluir, “Backrooms: Sin salida” no es solo una adaptación de un fenómeno viral de internet; es un testimonio de cómo las nuevas generaciones de cineastas pueden transformar la cultura digital en auténtico cine de autor. Parsons nos ofrece una cinemafotografía impresionante, un diseño de producción magistral y una habilidad única para generar inquietud a través de espacios vacíos. Esto le permite a la película trascender el género del terror y explorar temas profundos como la soledad, la memoria y el miedo a quedar atrapados en nuestros propios pensamientos.

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