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En pleno 2026, cuando la comunidad LGBTQ+ enfrenta una amenaza creciente a sus derechos, “Leviticus: Ritual de sangre” llega como una película de terror oportuna y devastadora, pero a la vez desafiantemente esperanzadora. Esta cinta del director Adrian Chiarella, que causó sensación en el Festival de Sundance, es tan aterradora como profundamente conmovedora. Sin duda alguna les aseguro se perfila como el próximo gran éxito del género este verano.

El guion de Chiarella explora meticulosamente cómo el deseo puede ser una de las emociones más cautivadoras y aterradoras que experimentamos. Puede ser abrumador, consumiendo cada uno de nuestros pensamientos hasta el punto de la obsesión. Puede resultar asfixiante, dejándonos incapaces de imaginar la vida sin la persona que anhelamos. Y puede ser mortal cuando nuestro deseo está prohibido por nuestra cultura, país o religión, exponiéndonos a castigos severos.

La cinta inicia como toda leyenda urbana, una joven asesinada misteriosamente en la alberca de la escuela. Este aterrador asesinato se irá incorporando a la ingeniosa historia de Chiarella más adelante, un rumor susurrado que de repente revela la gravedad de la situación. Pero antes, veremos el excitante despertar del primer amor entre nuestros protagonistas: el nervioso Naim (Joe Bird) y el más desenfadado y sexy Ryan (Stacy Clausen).

Como apenas se hablan en el colegio, Naim está comprensiblemente confundido por el repentino deseo de Ryan de pasar el rato con él después de clases. Aun así, lo acompaña en el paseo en bici hacia el molino abandonado del pueblo, que se asfixia lentamente en medio del continente Australiano. A mitad del camino se topan con una serpiente devorando una rana en el camino podría ser un presagio suficiente para desistir, pero, como las hormonas adolescentes son lo que son, sus juegos bruscos pronto se convierten en un revolcón en el suelo polvoriento del molino.

Alejados del mundo exterior, Naim se abre al amor y Ryan se expone sin límites. Por muy hermoso que sea este romance, Chiarella deja claro que su situación es aún más difícil que la de otros chicos provincianos. Este pueblo, rodeado de torres de alta tensión que parecen observarlos ominosamente, es también profundamente religioso, donde sus habitantes, aislados del mundo, se reúnen en una capilla para luchar contra los pecados del mundo.

Tras sufrir un trauma con su marido, la madre de Naim, Arlene (Mia Wasikowska), decidió mudarse a este pueblo. Este evento la acercó más a su fe religiosa. Aunque ella y los demás adultos no son abusadores sectarios, el pensamiento grupal opresivo impregna todo lo que hacen los “pecadores” externos al pueblo. Su postura es clara: o se hacen las cosas a su manera o se van a Melbourne. Esto incluye la lujuria adolescente, que sabemos perfectamente puede ser absorbente y, a menudo, compartida. Por eso resulta verdaderamente desgarrador que, justo cuando Naim se sumerge en esta nueva libertad mientras Ryan mantiene una distancia cautelosa en la escuela, Ryan también se entretiene con otro muchacho, Hunter (Jeremy Blewitt), el empleado de la gasolinera.

Cuando Naim los sorprende besándose apasionadamente en el patio trasero de Ryan, enfrascados en un peculiar juego de lanzarse piedras, lo único que piensa es en separarlos. En un arrebato de celos, se lo cuenta al padre de Hunter, el pastor local interpretado por Ewen Leslie. Esto introduce a la trama el verdadero terror, personificado por Nicholas Hope, quien interpreta al sanador contratado para expulsar al “demonio” de la homosexualidad. Sin revelar demasiado de la trama, el espíritu malévolo iniciará un violento acecho a los chicos imitando al objeto de sus deseos y solo ataca cuando están solos.

El reparto secundario sostiene el peso emocional de esta crueldad. Wasikowska está brillante Interpretando a la madre de Naime con una convicción aterradoramente arraigada, que terminas odiándola por todo lo que le dice a su hijo. Verla ocultar la malicia tras una máscara de rectitud maternal captura esa devastadora desconexión a la perfección.

Contribuyendo a esta abrumadora sensación de pavor se encuentra la increíble banda sonora compuesta por Jed Kurzel y la dirección de fotografía de Tyson Perkins. Ambas están brillantemente utilizadas, añadiendo una capa de elementos inquietantes e intensos que amplifican la paranoia sobre quién es real y quién es el monstruo. Durante la mayor parte de la película, estuve al borde de mi asiento, completamente ansioso por ver cómo se desarrollarían los acontecimientos, esperando contra todo pronóstico que Naim y Ryan salieran con vida.
A fin de cuentas esta es una gran película, y lo que hace que “Leviticus: Ritual de sangre” sea tan profundamente aterradora no es solo la amenaza sobrenatural, sino su reflejo en el mundo real. El verdadero horror que reside en darse cuenta de que existen padres reales en el mundo ahora mismo que probablemente desearían que esta retorcida premisa cinematográfica fuera cierta.