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“La hermanastra fea” es una audaz y provocadora versión gótica de la Cenicienta utilizando el género del body horror como clara crítica social sobre la obsesión con la belleza física.

La directora noruega Emilie Blichfeldt con “La hermanastra fea” nos ofrece una reinterpretación retorcida y oscura del cuento de hadas de “Cenicienta” que sobresale de ser una simple película de terror para emerger como una sátira social incisiva y una pieza de body horror visceral.

Adiós a la versión que todos conocemos, esta cinta tiene ahora como protagonista a Elvira (Lea Myren), quien comienza como una soñadora ingenua, con los dientes llenos de aparatos y un deseo ferviente de casarse con el Príncipe Julian (Isac Calmroth). Elvira y su hermana menor, Alma (Flo Fagerli), se unen a su madre, Rebekka (Ane Dahl Torp), cuando esta llega a la finca de un hombre adinerado con el que se ha casado recientemente. El matrimonio es forzoso: Rebekka cree haberse casado con un aristócrata adinerado, mientras que él cree que ha heredado una fortuna tras la muerte de su primer marido. Desafortunadamente, resulta que ambos recién casados ​​están sin un céntimo. Para colmo, el nuevo marido de Rebekka cae muerto en la mesa del comedor la noche de bodas. Eso deja a Rebekka con su patrimonio, sus deudas y su hija, Agnes (Thea Sofie Loch Næss), de su anterior matrimonio. Cuando llega la noticia de que el reino celebrará un baile en el que el príncipe Julia elegirá esposa, Rebekka urde un plan: casar a Elvira con un noble adinerado.

Su admiración inicial por la belleza natural de su hermanastra Agnes (o Cenicienta si quieren ubicarla así) se transforma en un resentimiento furioso. Elvira, consciente de que Agnes no tuvo que “trabajar para su aspecto o talento”, se somete a una serie de procedimientos horribles y dolorosos orquestados por su madre. La transformación de Elvira es un viaje de horror literal, que incluye que le rompan y reajusten la nariz, le arranquen los aparatos de la boca y, finalmente, se trague un huevo de gusano para mantener el peso bajo. Al mismo tiempo, Elvira también se ve obligada a terminar sus clases de baile para la recepción real ante el príncipe, mientras sus instructoras la desprecian y menosprecian. Blichfeldt subraya el paralelismo entre el sufrimiento físico innecesario que Elvira padece y el sádico trauma emocional que le inflige cualquiera que se beneficie del éxito del plan de Rebekka. Gradualmente, Elvira deja de ser una hija o incluso una persona para Rebekka; se convierte en un producto para monetizar. 

La actuación salvaje y sin restricciones de Myren es fundamental para el éxito de la película, ya que su devoción e inseguridades como Elvira son cruciales para explorar las ridículas y absurdas torturas estéticas de la trama. Claramente, la cinta no busca transmitir un mensaje simple sobre la belleza interior o el empoderamiento personal. A pesar del inicial rechazo explícito del príncipe por su aspecto físico, Elvira no flaquea, lo que demuestra que su motivación es una obsesión profunda por la validación externa, lo que la lleva a soportar un sinfín de torturas para alcanzar la belleza de formas horrorosas que llevan a la cinta a la clasificación de body horror y gore como lo fue “La sustancia” el año pasado. 

Esta base del cine de género body horror se fusiona con una estética visual distintiva inspirada en el cine de cuentos de hadas europeo de las décadas de los 60s y 70s basado en un realismo crudo, con locaciones góticas, efectos prácticos e iluminación natural dando como resultado secuencias donde la belleza y lo macabro se entrelazan de forma inquietante que en ocasiones no puede uno ni soportar ver como espectador. 

Obviamente todo el discurso que “La hermanastra fea” ofrece es muy atractivo para la audiencia moderna ya que el enfoque de la directora toma lo que encuentra interesante de las distintas versiones de cuento de Cenicienta, la de Disney y la original de los Hermanos Grimm, y le da un giro personal, resultando en una historia provocadora que se siente simultáneamente real e irreal y una fuerte crítica social a la obsesión con la belleza física.

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