“HIM: El elegido” es una fascinante experiencia visual que aborda el fútbol americano desde una perspectiva desafiante, combinando elementos religiosos con horror psicológico, destacando por las brillantes actuaciones de sus protagonistas.
“HIM: El elegido”, dirigida por Justin Tipping, va más allá de ser una película de terror deportivo, buscando ser una reflexión sobre el costo de la fama, el sacrificio físico y mental, y cómo el deporte puede consumir a sus devotos. La estética no es solo decorativa, sino integral al mensaje: imágenes impactantes, contrastes de luz y oscuridad, simbolismo religioso, rituales y ejercicios extremos transforman el cuerpo del atleta en un campo de batalla tanto físico como espiritual.

Desde que arranca, la cinta se presenta como un collage de cine deportivo sobre el fútbol americano. Una familia es ferviente fan del juego y toda su sala es un altar al mismo. Saltamos 15 años al futuro y vemos a Cameron Cade (Tyriq Withers), el niño que veíamos enajenado al televisor en el prólogo, estando al borde del estrellato deportivo a punto de dar el salto de la liga universitaria a la profesional, pero este éxito no fue sin esfuerzo. El padre de Cade, quien ya falleció, invirtió todos sus sueños fallidos en su hijo, por lo que Cade se acerca al juego con la necesidad de honrar la memoria de su padre y no defraudar a su familia. Para ello, regresa a su ciudad natal días antes del reclutamiento para lidiar con la presión de entrar y dar entrevistas por “quizá” ser el próximo elegido.

Durante una práctica nocturna en el campo de su escuela secundaria, Cade es brutalmente agredido. En el hospital le engrapan el cuero cabelludo y le advierten que si entrena sería un riesgo para su salud y la mayoría de los equipos profesionales. Afortunadamente, Cade tiene conexiones: su agente, Tom (Tim Heidecker), también representa al mariscal de campo más ganador y venerado en la historia del fútbol, y Cade es invitado para entrenar uno a uno con él. Incluso con un dudoso pie en la jubilación, Isaiah White (Damon Wayans) es un talento monstruoso deportivo, que superó su propia lesión brutal para ganar múltiples campeonatos con el equipo de su ciudad natal. Es una leyenda, y la única oportunidad que Cade tiene para recuperar su carrera profesional.

Entonces entrenan. Al principio, Cade está asombrado, desesperado por la aprobación de su nuevo mentor y asustado de entrar en conflicto con su esposa, Elsie (Julia Fox). Pero a medida que continúa su campo de entrenamiento, los ejercicios se vuelven más tóxicos y brutales. Los jugadores se lastiman; Cade también lo hace, y comienza a sufrir dolores de cabeza persistentes y alucinaciones que lo afectan incluso durante su recuperación. Pronto, Cade se da cuenta del precio que uno debe pagar por la grandeza, y que White ha cedido más que solo sangre y sudor para convertirse en el jugador más grande de todos los tiempos, o GOAT (por sus siglas en inglés).

Bajo la dirección de Tipping, la cinta desafía convenciones, proponiendo que el deporte, y en particular el fútbol americano, no es sólo una competencia física o un espectáculo, sino también una ceremonia casi religiosa, cargada de sacrificio, identidad y dominación. Aunque no todos los elementos funcionan con igual precisión, su riqueza visual y las interpretaciones centrales de Marlon Wayans y Tyriq Withers hacen de la cinta una fantástica expectativa cinematográfica.

Una de las grandes virtudes de la película es su dirección de fotografía, a cargo de Kira Kelly. Cada plano parece pensado meticulosamente para generar tensión, una atmósfera inquietante y belleza oscura, incluso en medio del caos. Kelly logra capturar tanto la crudeza física del deporte, los golpes, la sangre, los entrenamientos brutales, como los pasajes oníricos que trascienden hacia lo surreal. Esto no es simplemente embellecer lo grotesco, sino usar lo visual para comunicar sin palabras el dolor interno, la presión psicológica, la fragmentación de la identidad que sufre Cade.

Los encuadres en los túneles del retiro de entrenamiento, las cámaras que parecen deslizarse alrededor de los personajes, los efectos de luz que juegan con sombras alargadas, neones rojos, luces fluorescentes que deforman rostros, visiones infrarrojas o rayos-X que muestran el interior dolorido del cuerpo, todo ello construye un paisaje visual memorable. En muchos momentos, la película se asemeja más a un sueño delirante que a una narración lineal, y esto enriquece la película con una densidad estética poco común en producciones de género híbrido entre el horror y el drama deportivo. La edición de Taylor Mason se complementa a la perfección al estilo de la dirección, acelerando en los entrenamientos, sacudiendo la cámara en la percepción del protagonista cuando el dolor, la alucinación o el miedo lo desbordan.

Las actuaciones de Wayans y Withers ofrecen interpretaciones que cargan la película de energía, riesgo y humanidad, algo esencial cuando la película tiende hacia lo extremo. Hay escenas en las que el personaje de Cade no habla mucho, pero Withers transmite muchísimo con su mirada, su postura, su respiración. Esa capacidad de mostrar sin decir, de que el espectador sienta el peso mental del ideal de “ser el mejor”, hace que Cade sea más que un arquetipo: es un protagonista creíble en un entorno extraordinario. Mientras que Wayans se despega del actor cómico que muchos conocen, para asumir un rol complejo: mentor, antagonista, figura de autoridad que a la vez fascina y aterra. Ninguno de los dos escatima intensidad: hay escenas donde su transformación emocional tiene peso real, donde parece que lo físico y lo simbólico convergen.
La estructura de “HIM: El elegido” transforma la película en una experiencia cinematográfica visceral y física, que se adentra en lo simbólico para reforzar temas como la masculinidad tóxica, el culto al héroe deportivo, la explotación del cuerpo y la idolatría. Sin ofrecer explicaciones simples, deja al espectador incómodo, cuestionando la realidad, la fantasía, el ritual simbólico y lo literal. Con momentos de horror verdadero, tanto físico como simbólico, escenas que mezclan lo brutal con lo poético, y actuaciones que reflejan su ambiente corporal, violento y ritualista, la película se vuelve memorable.
