“Enzo” nos muestra que las angustias de ser joven y existencialmente rebelde encarnan un estado de idealismo conmovedoramente desordenado y fugaz.
El trágico contexto de la cinta “Enzo” se ve agravado aún más por el hecho de que es verdaderamente hermosa. El veterano director francés Laurent Cantet, ganador de la Palma de Oro por su cinta “La clase”, falleció durante la producción, y su amigo y colega Robin Campillo tomó las riendas del proyecto. Campillo, ampliamente reconocido por su galardonada cinta “120 latidos por minuto”, con “Enzo” explora la vida de un muchacho en ese punto de transición entre la vida escolar y la vida laboral. Aunado a una subtrama nítida y sutil sobre las emociones y relaciones complejas que se dan en el despertar sexual.

Arrancamos conociendo al joven Enzo (Eloy Pohu) de 16 años, ocho meses después de haber comenzado su aprendizaje como albañil. Entre los constructores experimentados de la obra donde adquiere experiencia práctica, existe un consenso generalizado de que no tiene madera para este oficio. “Siempre he tenido aprendices, pero tú eres, con diferencia, el peor”, le dice el capataz Corelli (Philippe Petit). Después de que el dueño de la casa ve una barda chueca de Enzo, Corelli insiste en llevarlo a casa para hablar con sus padres. Furioso a gritos en la obra, Corelli se queda callado de repente al llegar a la casa de Enzo: una lujosa villa de tres plantas, situada en una colina y con acceso privado, y con vista al mar. No es el tipo de hogar que uno esperaría para la mayoría de los adolescentes que buscan un aprendizaje de albañilería, aunque el esfuerzo que Enzo demuestra es el problema.

Interrumpidos durante un chapuzón en la piscina, los padres de Enzo, Marion (Élodie Bouchez) y Paolo (Pierfrancesco Favino), se reúnen con Corelli en el interior. Lejos de comportarse como los típicos padres ricos que se ofenden ante la sugerencia de que su hijo mimado es una molestia, acogen con satisfacción las explicaciones pragmáticas de Corelli sobre lo que Enzo podría hacer mejor. La sorpresa es que este aprendizaje no es algo que le hayan impuesto. De hecho, es algo que él mismo ha insistido en hacer tras abandonar prácticamente la educación tradicional. Paolo, en particular, parece desaprobar activamente este camino para Enzo, especialmente cuando su aparente falta de habilidades podría provocarle daños físicos.

Nos damos cuenta de que Enzo parece resentir su educación, o al menos está confundido sobre cómo desenvolverse en la vida como un chico burgués que despierta a las aterradoras realidades del mundo, posiblemente por primera vez. Una de esas aterradoras realidades es la guerra de Ucrania, sobre la cual intenta informarse para conectar con dos de sus compañeros de la construcción: los ucranianos Vlad (Maksym Slivinskyi) y Miroslav (Vladyslav Holyk). Este último tiene experiencia militar y se enfrenta a la llamada a filas para regresar a su país debido a sus 25 años.

El carismático Vlad se convierte en objeto de obsesión para Enzo, quien lidia con su sexualidad e intenta averiguar si Vlad siente lo mismo, aunque el actuar en consecuencia sería un delito por ser menor de edad. La compleja relación de Enzo y Vlad recuerda por momentos la dinámica que hemos visto en otras cintas europeas, y al igual que ellas, es un tema sensible y complicado de abordar en la pantalla grande. La angustia que nos trae el comportamiento de Enzo puede parecer a primera vista de un muchacho quejumbroso, pero en cuanto más avanza la trama nos damos cuenta de que en realidad nace de la inocencia y la inexperiencia ante el primer amor.

La película resultante es una conmovedora y sobria mezcla de las sensibilidades de Cantet y Campillo, combina la exploración del primero sobre las restricciones de clase con la representación realista del segundo sobre las vidas LGTB+. La fotografía de Jeanne Lapoirie, habitual colaboradora de Campillo, logra transmitir con igual maestría el calor abrasador del sol perpetuo del verano parisiense. La película está filmada de forma que no convierte en clichés a los personajes por su clase social, y no hay música que condicione nuestras emociones. El guion no explota la tragedia, sino que acompaña los caminos sinuosos y sorprendentes de los personajes con una delicadeza y una emotividad conmovedoras.
Al final, “Enzo” se reinventa sutilmente como una historia de amor, aunque el discurso del director pareciera interesado en explorar cómo la atracción erótica puede ejercer una influencia embriagadora en nuestras decisiones cotidianas. Afortunadamente, Campillo logra dar un giro a la situación con un epílogo en el que Enzo consigue aquello que tal vez no deseaba pero necesitaba: consuelo y aceptación. La cinta termina mostrándonos que las angustias de ser joven y existencialmente rebelde no son meramente superficiales e inmaduras. En cambio, encarnan un estado de idealismo conmovedoramente desordenado y fugaz, como todo lo relacionado con descubrirse a uno mismo en el laberinto de roles masculinos que la sociedad moderna impone.

