“Depredador: Tierras salvajes” logra acertadamente un giro impresionante al hacernos empatizar con el icónico y salvaje cazador, al profundizar en su cultura y motivaciones. Las actuaciones sobresalientes de Elle Fanning y Dimitrius Schuster-Koloamatangi también contribuyen a que esta entrega sea tan exitosa y espectacular como la primera del 1987.
El director Dan Trachtenberg revivió la saga de Depredador con “La presa”, transformando la franquicia de ciencia ficción en un thriller de acción. Ahora, con “Tierras salvajes”, nos entrega la mejor entrega desde la original de 1987. Su película animada, “Depredador: Asesino de Asesinos”, estrenada por sorpresa en junio de este año, presentó con humor al alienígena causando estragos a lo largo de la historia. Con estos desarrollos, la saga de Depredador promete tener aún más vida en el futuro y hace de “Tierras salvajes” un estreno imperdible para todos los amantes de la ciencia ficción moderna.

Ya entrando en materia con “Tierras salvajes”, la cinta arranca con un prólogo en el desolado planeta natal de los Yautja, Homeworld, donde el notablemente más pequeño Dek (Dimitrius Schuster-Koloamatangi) desafía a su gigantesco hermano mayor, Kwei (Mike Homik), en una batalla ritual para prepararlo para su primera cacería. Dek es un luchador aguerrido, pero no se ha ganado su “escudo” ni el armamento avanzado de Kwei. Se siente humillado cuando llega su padre resaltando que Dek no es digno de ser un Yautja. Tradicionalmente, los considerados débiles son eliminados por ser inútiles. Dek proclama con valentía que viajará a Genna (también conocido como el planeta de la muerte) y matará al temible animal Kalisk como prueba de que es un Yautja digno.

Pero el viaje de Dek a Genna comienza con el pie izquierdo cuando su nave se estrella contra la atmósfera. Subestima la letal fauna local, feroz e implacable en sus ataques. Un encuentro fortuito con el torso de un sintético dañado al estar separado de sus piernas de la corporación Weyland-Yutani cambia su suerte. Thia (Elle Fanning), atrapada en un nido de la zona, le ofrece un trato: ayudarla a regresar a la base de Weyland-Yutani y, a cambio, ella lo guiará hasta el enigmático Kalisk.

Dek habla su idioma nativo a lo largo de la historia, pero Thia, con sus habilidades cibernéticas, usa un traductor universal para comunicarse con él. La corporación Weyland-Yutani, conocida por su búsqueda galáctica de criaturas para convertirlas en armas, obviamente envía un escuadrón de sintéticos a Genna para capturar al Kalisk, una bestia imparable e invencible hasta ahora. Inicialmente, Dek se apega al dogma Yautja de cazar siempre solo, viendo a Thia como una simple “herramienta”, similar a una espada, para conquistar un entorno hostil. Sin embargo, a medida que navegan juntos por el planeta mortal, su relación evoluciona hacia una alianza mutuamente beneficiosa, ya que ambos marginados encuentran un terreno común en su lucha por la supervivencia.

Toda esta compleja trama escrita por Patrick Aison plantea una pregunta peculiar: ¿qué pasaría si el Depredador fuera el protagonista? Tras 38 años y nueve películas donde el Yautja ha sido el antagonista más despiadado que jamás haya existido, parece absurdo siquiera considerarlo. Pero después de que Trachtenberg reiniciara milagrosamente la franquicia con “La presa” y su spin-off animado, ha logrado su mayor hazaña hasta la fecha con esta entrega, una película que no solo consigue que empatices con el Yautja, sino que además quieras verlo triunfar.

Y aún cuando el diseño de arte de Zahra Archer y el diseño de fotografía de Jeff Cutter son impresionantemente hermosos, el éxito de la cinta se reduce a la dinámica central entre Dek y Thia. Dek es demasiado torpe e ingenuo para ser el estoico depredador tradicional, mientras que Thia es un torbellino de alegría parlanchina con sus propios motivos. Oculto bajo prótesis y efectos especiales, Schuster-Koloamatangi ofrece una interpretación sorprendentemente vulnerable como Dek, oscilando entre el héroe simpático y el adorable chico tonto. Mientras que Fanning es un deleite ofreciendo momentos de cómicos y de profundidad según avanza la búsqueda del misterioso Kalisk.
En conclusión, “Depredador: Tierras salvajes” funciona tanto como una película de acción trepidante con criaturas inimaginables como un thriller de ciencia ficción entrañable. Simplemente el diseño de arte y fotografía es fabuloso, y si a eso le sumas una historia excelente, actuada, ¿qué más puede pedir uno como cinéfilo empedernido?
