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Después de más de un cuarto de siglo redefiniendo los límites del humor físico, la autodestrucción y la comedia anárquica, “Jackass: la última y nos vamos” llega con una promesa que la propia franquicia había pronunciado antes sin demasiada convicción: esta vez sí es el final. Bajo la dirección de Jeff Tremaine, el grupo encabezado por Johnny Knoxville se despide con una película que funciona simultáneamente como celebración, epitafio y cápsula del tiempo. Lo que podría haberse reducido a una simple recopilación de “grandes éxitos” termina encontrando una inesperada carga emocional al confrontar algo que ni siquiera los golpes más brutales habían logrado derrotar: el paso del tiempo.

Desde su primera escena queda claro que la película no pretende reinventar la fórmula. Johnny explica que ya están un poco mayores y tienen que cerrar con broche de oro su legado antes de que los metan a un asilo. Así que una última vez en cines estarán presentes las caídas espectaculares, los experimentos absurdos, las bromas de mal gusto, la desnudez gratuita y el inagotable catálogo de dolor autoinfligido que convirtió a la serie “Jackass” en un fenómeno cultural desde principios de los años dos mil. Sin embargo, existe una diferencia fundamental respecto a las entregas anteriores. Esta vez el espectáculo no gira únicamente alrededor de la resistencia física de sus protagonistas, sino alrededor de la fragilidad que inevitablemente acompaña a la edad.

Knoxville, Steve-O, Chris Pontius, Wee Man y el resto de la pandilla ya no son los jóvenes temerarios que parecían invencibles. Ahora son hombres que llevan cicatrices, tanto visibles como invisibles, cuerpos marcados por décadas de accidentes y la constante conciencia de que cada nueva locura podría ser la última. Esta vulnerabilidad impregna toda la película, haciendo que incluso los momentos más grotescos resulten sorprendentemente humanos.

El director Jeff Tremaine entiende perfectamente cuál ha sido siempre el verdadero corazón de la saga. Nunca fueron únicamente las acrobacias imposibles ni el humor escatológico; era la amistad. Existe una autenticidad en la manera en que este grupo de amigos se ríen unos de otros, celebran cada supervivencia y se abrazan después del dolor que ninguna producción cuidadosamente calculada podría fabricar. El caos funciona porque nace de relaciones genuinas y de una camaradería construida durante décadas.

La película completamente en esta ocasión no es completa inédita. Gran parte del metraje adopta el formato de una retrospectiva, estableciendo paralelismos entre el pasado y el presente mientras revisita algunos de los momentos más emblemáticos de la franquicia. La cinta sirve como una memoria cinematográfica. Lo que antes provocaba únicamente carcajadas ahora en retrospectiva despierta nostalgia, especialmente cuando aparecen rostros que ya no están presentes o cuando vemos sketches que recuerdan que el tiempo ha dejado heridas irreversibles dentro y fuera del grupo.

Visualmente, Tremaine mantiene el lenguaje documental que siempre ha definido la franquicia. Cámaras portátiles, fotografía sin artificios y una edición que privilegia la espontaneidad sobre el espectáculo. Esa aparente simplicidad continúa siendo una de sus mayores virtudes. La sensación permanente de improvisación transmite una autenticidad que muchas superproducciones contemporáneas, saturadas de efectos digitales y coreografías excesivamente calculadas, han perdido hace tiempo. Su ADN puede rastrearse en buena parte del contenido viral contemporáneo. Sin embargo, también queda claro cuánto se ha transformado el contexto.

Quizá el mayor acierto de esta entrega radica en no esconder el desgaste. Knoxville, quien durante años convirtió el dolor en un arte absurdo, se muestra emocionalmente vulnerable en varios momentos. Sus reflexiones sobre el final de la franquicia son sorprendentemente honestas, dándole profundidad a una película que, a primera vista, no parece capaz de ofrecer introspección. Comprende que el último golpe no debe ser el más espectacular, sino el más significativo.
A fin de cuentas, “Jackass, la última y nos vamos” quiere ser una carta de amor a los fans de lo que comenzó como un programa televisivo protagonizado por un grupo de amigos haciendo estupideces y terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos más influyentes de la cultura popular del siglo XXI. Su despedida no intenta convencer al espectador de que está viendo la película más extrema de la saga ni la más salvaje, pero sí la más madura y emocional demostrando que incluso detrás del humor más vulgar puede esconderse una verdadera amistad evocando la nostalgia y el afecto del púnico que los ha acompañado a lo largo de 25 años.
