Hay películas que necesitan hacer mucho ruido para contar una historia. Otras encuentran en el silencio su mejor herramienta narrativa. Caballo Salvaje Nueve (Wild Horse Nine), escrita y dirigida por Martin McDonagh, pertenece a las segundas.
Es una película que se disfruta despacio, que va revelando sus distintas capas sin apresurarse y que exige prestar atención no solamente a lo que sucede, sino también a aquello que permanece oculto. La historia nos sitúa en Chile, poco antes del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 que terminaría con el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende.
Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell) son dos experimentados agentes de la CIA que llegan a la Isla de Pascua en circunstancias que, inicialmente, desconocemos. Su superior, MJ (Steve Buscemi), jefe de la CIA en Santiago, está al tanto de su presencia. Ambos han dedicado buena parte de sus vidas a participar en operaciones clandestinas, asesinatos y conspiraciones al servicio de los intereses estadounidenses.
Pero Chris está muriendo.
Padece un cáncer avanzado y sabe que sus días están contados. Esa certeza lo obliga a enfrentarse con algo que durante décadas había conseguido mantener bajo control: su propia conciencia. Malkovich construye un personaje extraordinario. Un hombre viejo, cansado, enfermo y profundamente contradictorio. Alguien que reconoce haber matado a decenas de personas, pero que ahora parece más preocupado por el destino de su alma que por las consecuencias terrenales de sus actos. Su fe católica se convierte en uno de los elementos centrales de esa contradicción.
Chris quiere llegar al cielo. O, por lo menos, quiere evitar el infierno.
Y en uno de los momentos más peculiares de la película, cuando comienza a grabar sus memorias, en lugar de hablar de los crímenes que ha cometido o de los secretos que conoce, se pregunta si los dinosaurios tenían conciencia y, de haberla tenido, si aquellos que se portaron bien podrían haber llegado al cielo.
La escena resulta tan absurda como profundamente humana. Es el humor negro característico de McDonagh, capaz de utilizar una reflexión aparentemente disparatada para llevarnos a una pregunta universal: ¿qué sucede con nosotros después de morir?
Mientras Chris intenta reconciliarse con su pasado, Lee permanece a su lado.
Sam Rockwell interpreta a un agente capaz de matar a sangre fría mientras se come un sándwich. Sin embargo, detrás de esa aparente indiferencia existe una lealtad inquebrantable hacia su compañero. Es precisamente esa relación la que termina dando a la película una profundidad inesperada. Porque McDonagh no construye solamente una historia de espionaje. Construye una historia sobre la amistad entre dos hombres que han dedicado sus vidas a hacer cosas terribles y que, pese a todo, conservan una conexión profundamente humana.
Steve Buscemi, como MJ, representa otra dimensión de ese universo: la maquinaria institucional que decide, manipula y dispone de las vidas ajenas. La aparición de Mónica y Alicia, interpretadas por Mariana di Girolamo y Ailín Salas, introduce una mirada diferente. Son dos jóvenes estudiantes de izquierda que creen en el futuro político de Chile y que todavía conservan un idealismo que contrasta con el cinismo de los agentes estadounidenses.
Particularmente importante es la relación que Chris establece con ellas, porque representa una oportunidad para confrontar su pasado con aquello que sus acciones ayudaron a destruir. El reparto se completa con las participaciones de Parker Posey y Tom Waits, quienes amplían ese peculiar universo de relaciones personales y familiares, recuerdos y conflictos que rodean a los protagonistas. Y todo esto ocurre mientras, en el continente, se aproxima una tragedia.
La intervención de Estados Unidos en Chile no es una invención cinematográfica. Los documentos desclasificados acreditan las operaciones encubiertas de la CIA para desestabilizar al gobierno de Allende, aunque no demuestran que la agencia dirigiera directamente las operaciones militares del golpe de septiembre de 1973.
La película utiliza ese contexto histórico para recordarnos hasta dónde puede llegar el poder cuando pretende justificar sus acciones en nombre de una causa superior. Y ahí aparece una frase que se repite a lo largo de la historia:
A veces hay que hacer un mal menor en aras de un bien mayor.
La frase se repite en distintos momentos de la película y termina convirtiéndose en una de sus principales interrogantes morales. Es una afirmación con la que personalmente no estoy de acuerdo. O, por lo menos, me cuesta aceptar la facilidad con la que podemos recurrir a ella para justificar nuestras decisiones. Un acto de maldad no se convierte necesariamente en algo bueno por el simple hecho de perseguir una causa supuestamente noble. La historia está llena de atrocidades cometidas bajo esa justificación. Y siempre queda una pregunta incómoda: ¿quién determina qué mal es menor y quién tiene derecho a decidir cuánto sufrimiento ajeno es aceptable para alcanzar un bien mayor?
Lo interesante es que McDonagh convierte esa idea en una contradicción moral permanente. Por momentos, la frase parece una excusa para justificar lo injustificable; en otros, una convicción auténtica de quienes creen que sus actos, por terribles que sean, persiguen un propósito superior. Esta contradicción me recordó a Luthen Rael, el personaje interpretado por Stellan Skarsgård en la extraordinaria serie Andor, particularmente en una escena en la que explica todo lo que ha sacrificado por la rebelión contra el Imperio.
Luthen reconoce que, para combatir la opresión, ha terminado utilizando las mismas herramientas de sus enemigos. Ha renunciado a la tranquilidad, al amor, a la posibilidad de vivir en paz consigo mismo. Sabe que sus decisiones lo han condenado moralmente, pero acepta ese destino porque cree que su sacrificio permitirá construir un futuro que él mismo nunca llegará a conocer.
La diferencia con Chris es fundamental.
Luthen no busca el perdón. No pretende que sus actos dejen de ser moralmente cuestionables porque persigan una causa justa. Asume el peso de sus decisiones y acepta que quizá no exista redención para él. Chris, en cambio, ha dedicado su vida a servir a una organización responsable de intervenciones, conspiraciones y asesinatos. Y ahora, ante la inminencia de su muerte, intenta reconciliar ese pasado con su conciencia y con su fe católica. Quiere creer que todavía existe alguna posibilidad de salvar su alma. No son personajes moralmente equivalentes, ni las causas que defienden pueden colocarse en el mismo plano. Sin embargo, ambos nos enfrentan a una pregunta semejante: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar por aquello que consideramos correcto y qué hacemos después con el daño que hemos causado? Quizá ahí radique la diferencia entre justificar nuestros actos y asumir nuestra responsabilidad por ellos. Y McDonagh lleva esa contradicción todavía más lejos, porque termina obligándonos a preguntarnos si alguien que ha hecho tanto daño puede recurrir a esa misma lógica —cometer un mal menor para alcanzar un bien mayor— cuando finalmente decide hacer lo correcto.
¿Es posible redimirse mediante una decisión que también puede tener consecuencias terribles? ¿Basta una buena acción para reconciliarnos con toda una vida de violencia?
La película no ofrece respuestas fáciles.
Chris sabe que está muriendo, pero también sabe que todavía puede tomar decisiones. Puede continuar guardando los secretos de una organización a la que dedicó su vida o puede contar la verdad. Puede seguir justificando sus actos o reconocerlos.
Puede, finalmente, dejar de mentir. Y quizá todavía pueda redimirse.
Hay otro elemento que me parece particularmente notable: el silencio. La película transcurre en una isla rodeada por el océano Pacífico (la Isla de Pascua). Uno esperaría escuchar constantemente el viento, el mar y los sonidos de la naturaleza. Sin embargo, la experiencia sonora resulta sorprendentemente contenida. Apenas percibimos ese entorno que, por las características del lugar, debería imponerse sobre los personajes.
La música de Carter Burwell aparece con discreción, acompañando las emociones sin imponerse sobre ellas. McDonagh parece confiar plenamente en sus actores, en las pausas, en los gestos y en aquello que no necesita ser explicado.
Incluso los caballos parecen existir en un universo silencioso.
Y los caballos son fundamentales. Su presencia tiene algo de onírico. Pertenecen al mundo de los sueños, pero también al de la realidad. Parecen transitar entre ambas dimensiones y terminan adquiriendo un significado relacionado con la muerte. Chris llega a confesar que uno de esos caballos lo ayudó a tenerle menos miedo a morir. Me parece una idea hermosa. Un hombre que ha pasado buena parte de su vida provocando la muerte de otros encuentra, en un animal, una forma inesperada de reconciliarse con la posibilidad de su propia desaparición.
Quizá el caballo no representa una respuesta, sino algo mucho más sencillo: la posibilidad de aceptar lo inevitable sin comprenderlo del todo. Y esa aceptación contrasta con su desesperado intento por encontrar una salida moral a su pasado. McDonagh comprende que no necesita subrayar cada emoción ni convertir cada revelación en un acontecimiento estruendoso. La historia avanza con una serenidad que contrasta con la brutalidad de aquello que cuenta. Y quizá ahí esté su mayor virtud.
Porque, al final, Caballo Salvaje Nueve no es solamente una película sobre la CIA, el golpe militar chileno o los crímenes cometidos durante la Guerra Fría. Es una película sobre un hombre que está muriendo y comprende que ha llegado el momento de dejar de mentir.
Sobre alguien que busca la posibilidad de redimirse ante sí mismo, ante una joven idealista, ante su compañero y, quizá, ante ese Dios al que teme enfrentarse. Pero también es una película sobre la lealtad. Sobre lo que significa permanecer al lado de alguien cuando sus decisiones, sus errores y sus pecados amenazan con destruirlo todo. Y esa lealtad tampoco está libre de contradicciones. Porque acompañar a alguien incondicionalmente puede ser una extraordinaria demostración de amistad, pero también puede significar convertirse en cómplice de sus peores decisiones.
Chris y Lee han compartido una vida que difícilmente podría considerarse ejemplar. Sin embargo, en esa relación construida entre secretos, violencia y silencios, McDonagh encuentra algo profundamente humano. No pretende absolver a sus personajes, pero tampoco los reduce a la suma de sus crímenes. Los observa con todas sus contradicciones.
La película no ofrece respuestas sencillas sobre el perdón, la culpa o la posibilidad de redención. Tampoco nos asegura que decir la verdad sea suficiente para reparar el daño cometido. Sus personajes deben convivir con las consecuencias de lo que hicieron, incluso cuando intentan hacer algo distinto. Y eso es precisamente lo que la vuelve tan interesante.
Porque el cine no solamente importa por aquello que cuenta. Importa, sobre todo, por cómo decide contarlo.
Martin McDonagh utiliza un acontecimiento histórico monumental como escenario para contar una historia profundamente íntima. Una historia sobre la culpa, la amistad, la fe, la muerte y esa necesidad tan humana de encontrar algún sentido a lo que hemos hecho con nuestras vidas. Y nos recuerda que, incluso después de una vida marcada por la violencia, la verdad puede encontrar una manera de hacerse escuchar.
Sin gritos.
Sin balazos.
A veces, simplemente, en voz baja.




